Los libros que sí llegaron

02/Oct/2014

Montevideo Portal, por Ana Jerozolimski

Los libros que sí llegaron

“LAS CARTAS QUE NO
LLEGARON”, DE MAURICIO ROSENCOF, AL CINE.El escritor Mauricio
Rosencof habla sobre la adaptación al cine de sus libros “Las cartas que no
llegaron” y “Memorias del calabozo”.»Las cartas que no
llegaron», uno de los libros más exitosos de la veintena que ha escrito Mauricio
Rosencof, traducido a varios idiomas y publicado no sólo en 20 ediciones en
Uruguay sino también editado en por lo menos otros 10 países, comienza a vivir
una nueva etapa: el cine. Más de una década después de aparecer en nuestro
país, cruza otra frontera y está en camino a la pantalla grande.
La productora
cinematográfica uruguaya que conduce el proyecto es «Imágenes» de
Mario Jacob, que fue parte del equipo fundador de la «Cinemateca del
Tercer Mundo» junto con Walter Tournier y Mario Handler. Quien ha
orquestado este proyecto, ha sido, desde Madrid, «Tornasol Films» de
la uruguaya Mariela Besuievsky (produjo cien películas, entre ellas la
galardonada con el Oscar, «El Secreto de sus ojos») y el guionista es
el también uruguayo Pablo Dotta («El dirigible», «Nunca leí a
Onetti»), destacado docente de Cine en México, Cuba y otros países, que
además será el director de «Las cartas que no llegaron».
Esta semana conversamos
con Mauricio Rosencof al respecto, quien como siempre, combina emociones y sentido
del humor, incluso al hablar de dolorosos recuerdos.
¿Cómo surgió la
iniciativa de llevar «Las cartas que nunca llegaron» al celuloide?
Y… son esas cosas que se corren, qué sé yo.
Fijáte que por el mismo lado viene «Memorias del calabozo», que va a
dirigir Álvaro Brechner. Su último film, «Mr. Kaplan», acaba de ser
seleccionado para representar a Uruguay en los premios Oscar.
Así es, en el rubro de
«Mejor película extranjera»… «Memorias del calabozo» está
en proceso y ahora también «Las cartas que no llegaron».
Te cuento de dónde sale.
Sé que eso está en marcha. La película nace porque anda en la vuelta. Hubo
otros intentos: en Argentina quisieron hacer «La Margarita» en dos o
tres oportunidades, no sé. Tengo ya mis meses arriba….Yo doy fe de lo que
escribo, un film ya va por cuenta del productor, el director y el guionista.
Y ellos tendrán el gran
desafío de pasar fielmente a la pantalla, los recuerdos y emociones que
transmitiste en el libro…
Te cuento una parte de la historia que es
interesante. Creo que todo es memoria, que el olvido no existe y que tarde o
temprano hay algún registro que en alguna neurona perdida por ahí reaparece. Y
eso me ocurrió a raíz de este texto concebido, o sentido, o comenzado a
elaborar -no como texto pero sí como memoria- en un calabozo bajo tierra,
teniendo, sin verlos, como compañeros del otro lado del muro al
«Pepe» (José Mujica) y al «Ñato» (Eleuterio Fernández
Huidobro). Estábamos incomunicados entre nosotros, así estuvimos más de 10
años, y también con el mundo exterior. La primera carta que me llega es una
carta de mi niña, que tenía seis o siete años en ese entonces, eran tres
líneas, garabateadas, y así y todo tachada alguna por principio. Esa carta para
mí llegó cargada de luz, revoloteaba adentro del calabozo, se posaba en mi
hombro, la tenía en la mano, me hablaba, le hablaba. Eso, que fue la
comunicación con el universo, me despertó algo que yo tenía olvidado.
Yo tengo muy claro, o por
lo menos de las cosas que recuerdo -como decía Sancho Panza, «Si no fuera
por las cosas que me olvido, me acordaría de todo»- los días de mi
infancia, en el barrio Palermo, en la calle Gonzalo Ramírez, la casa de
inquilinato, mi viejo laburando a domicilio como «Shnaideruk»,
sastre…
En momentos así, todo es
memoria en el calabozo, los libros que leíste, las películas que viste, tu
infancia. Pero con la llegada de esa carta, en la memoria de mis días de
infancia apareció un personaje que tenía enterrado en la memoria y que dijo:
«Mirá que estoy acá», y era el cartero.
Te vino su imagen a la mente…
Seguro, porque cuando
llegaba el cartero era una fiesta en casa: el viejo salía, él hacía guindado
clandestino, filtraba Mirinda, tomábamos alcohol, y le daba una copita al
cartero. El niño que narra toda esta historia dice que le daba más copitas para
que le traiga más cartas. Entonces, cuando llegaban las cartas, que después el
niño va descifrando qué es eso, el viejo las guardaba porque si tardaron tanto en
llegar, había que cuidarlas mucho. Salieron cerca de un pueblito en Belzitse,
cerca de Lublin. De Lublin a Varsovia, de Varsovia atravesando toda Europa
hasta Génova, y de ahí llegaban hasta Gonzalo Ramírez. El viejo esperaba al
domingo, cuando la vieja hacía el puchero de gallina, y ahí se leían las
cartas. ¿Qué contaban las cartas esas? Contaban que se ennovió su sobrina, que
la gallina está empollando, que las papas subieron de precio… era una
historia familiar.
Las pequeñas grandes cosas de todos los días.
Claro. Entonces había que
explicarme que los abuelos estaban ahí, que los primos estaban ahí. Hasta que
un día dejó de pasar el cartero, el niño se da cuenta, sabe, el cartero deja de
venir, pero no deja de venir sino que deja de entrar a casa. Es que se había
instalado la guerra, entonces el viejo comienza a leer los domingos las cartas
viejas y en determinado momento el niño dice: «el viejo vivía atento a las
cartas», asomado a la vereda para ver cuándo pasaba el cartero, y el viejo
decía: «¿Y?», y la respuesta del cartero: «Nada, ni cerca».
Entonces el niño en determinado momento en esa parte cuenta: las cartas que
esperaba mi papá nunca llegaron.
Y el gran tema es que tu
papá entendió rápidamente por qué no llegaban.
Mirá, esto es vivencia,
pero hay una elaboración porque el niño dice: «Las cartas que nunca
llegaron» y a partir de entonces, junto con sus relatos, empiezan a llegar
unas cartas. Las cartas cuentan toda la peripecia, las esperanzas, las
ilusiones, la muerte, el grito del proceso de toda la familia. Es decir, el
guetto, el ferrocarril, Auschwitz, la barraca, y bueno…
Las cartas imaginadas, en
base a lo que se sabía que estaba pasando en Europa, o mejor dicho, a lo que se
supo después, aunque los protagonistas no las podían escribir.
Claro, de alguna manera,
algo me estaba dictando que ese registro era el registro de toda la familia,
entonces yo contaba de la mía. Incluso hay una carta en la que un tío le dice a
mi viejo: «Explicale a Moishe que uno no es solo lo que está de su piel
hacia adentro, que uno es uno y todo lo demás, que uno es uno y sus padres, uno
y sus hermanos, uno y sus amigos, uno y su perro, uno y sus compañeros. Que uno
es uno y todo lo demás».
Lo que conforma el mundo en el cual uno está
inmerso, del que uno es parte… Y acá Mauricio, el mundo del libro, que es el
tuyo, fusiona los recuerdos de las cartas que dejaron de llegar, las que
tuviste que imaginar contando los horrores de la guerra y lo que vos pasaste en
la cárcel. ¿Cómo explicarías la fusión entre ambas cosas en tu vivencia?
Es indisoluble.
Recordemos que la primera gran barricada que se hace contra el fascismo es en
España con las brigadas internacionales.
Con muchos miembros
judíos, como destacás siempre.
Más de 20 % de los
combatientes contra el fascismo ahí eran judíos que venían de todas partes. Es
inherente a nuestra condición. Pienso como Primo Levi que la palabra
«holocausto» sola no es la que totalmente nos expresa, porque hubo
algo que se llamó «resistencia» y hubo resistencias en todos lados. Y
se habla del alzamiento del guetto de Varsovia y hubo 100 alzamientos en 100
guettos distintos, hubo alzamientos en los campos de concentración y hubo
fugas. Se combatió por todos lados. En el batallón que traían los ingleses, los
combatientes más aguerridos resultaron ser aquellos en los que estaban
nucleados los judíos. En la Guerra Civil Española circulaba incluso una brigada
entera y un periódico en idish. Es bueno que se tenga en cuenta, porque ahí hay
una parte muy querida.
Me contaste de aquel
mapa, donde estaba la espada… Recordemos esa historia.
Sí, claro, fue en la casa
de un amigo de mis padres, Mendiuk, que se había escapado en su casa, en una
festividad. Mi viejo ya no estaba. Él se había salvado de una forma muy
especial, porque lo iban a fusilar a él y a su hermano junto con otros 50 y él
antes del fusilamiento, o en ese momento, le dice al hermano: «Cuando yo
te diga tú te tiras». Van a ametrallar, se tiran, a él llegan a herirlo en
una pierna y por la noche salen navegando entre los cadáveres. Después se
integran a los partisanos.
Esa noche en su casa él
me preguntó de qué pueblo eran mis padres, yo le dije que Belzitse, y le
comenté en broma: «Es un pueblito que no existe en el mapa», y él me
dice: «Un momento», y saca un mapa donde sí existe. Sacaron todo de
la mesa, trajo un mapa, lo desplegó. Era un enorme mapa de los nazis, donde
estaban todas sus conquistas y todos los pueblos y ciudades conquistadas, con
la particularidad de que en cada lugar, en cada nombre de pueblo había dos,
tres o cuatro cruces y en muchos al final de las cruces había una espada. Y yo
le pregunté qué era eso, y me respondió que las cruces quieren decir un millar,
dicen cuántos murieron en cada pueblito: 2.000, 3.000, 4.000. Encontró
Belzitse, que tenía tres cruces y al final tenía espada, y eso me alegró el
alma. En el pueblo de mis viejos hubo resistencia, porque la espada quería
decir aquellos lugares donde se había producido un alzamiento, donde hubo resistencia.

Me acuerdo que me lo contaste en la primera
entrevista que te hice años atrás, lo tenés muy presente.
Siempre…
Mauricio, yendo a la película, primero algo
casi filosófico del tema. A veces se dice que el libro siempre va a ser mejor
que la película. No sé si estás de acuerdo con esa generalización que me
imagino que es medio simplista.
No abro opinión, yo tengo
plena confianza en Mario Jacob, en Pablo Dotta, en Mariela. Uno tiene que
hacerse un poco a la idea, estoy un poco acostumbrado a esto no por vía de
película pero sí de teatro. Yo soy dramaturgo y sé que cuando el director y el
actor asumen los roles dan su versión de ese texto, no es una puesta en escena
literal. Ninguna novela lo es.
¿Cómo es el margen de
maniobra? Por ejemplo, hay un sinfín de imágenes en un libro que me supongo que
no pueden ir todas plasmadas en la película. ¿Hay imágenes que vos dirías a
Mariela, o a quien sea que decida esto, «Te pido, esta imagen no puede
faltar en la película»?
No, no es mi competencia.
Está Dotta que tiene una gran experiencia, que es un hombre talentoso, y está
Jacob en la producción, él está trabajando en eso y transmitiendo lo que sabe.
Yo no puedo intervenir en eso mientras no vea y me pida opinión. No, no. Eso no
existe.
Lo planteo de otra forma. ¿Hay en el libro
-antes de que sea convertido en película- párrafos, páginas, escenas que para
vos son más importantes?
El libro tiene un
espíritu, une toda esa historia con la historia de acá, porque está escrito
desde un calabozo. Yo era preso político, estaba junto con el «Pepe»
y con el «Ñato» y mi historia es esa que estoy contando en el libro.
Eso se desprende del libro, y no estoy fisgoneando en lo que hacen.
Yo no he leído todos tus
20 libros, pero sí algunos… y siempre sentí que «Las cartas que no
llegaron» es el que más me tocó el alma. ¿Te parece que es por la
combinación de la vivencia uruguaya y la historia judía?
Pienso que la reacción se
ha producido en todo tipo de lectores. No puedo ser injusto con un texto, que
es como un hijo. Siento que se circunscriben. Que te pueda tocar
particularmente me emociona saber que te emociona, porque además, en una de las
partes finales del libro termina -mirá lo que son las vueltas- cuando después
de la liberación, el día que nos liberan y que queremos estar todos juntos,
como medida de autodefensa y para reorganizar el movimiento, me llevan hasta el
Hogar de Ancianos Israelita, donde mis viejos estaban después de que los habían
desalojado de su casa. Cuando entro ahí, era medianoche, me está esperando la
directora, me dice: «Ellos ya están acostados, lo están esperando. Pero
hay algo que le quiero decir y es que acá recibimos muchas amenazas diciendo
´Saquen de ahí a los padres de ese hijo de puta porque les vamos a poner una bomba’.
Nosotros nos reunimos y lo que hicimos fue poner más vigilancia».
Cuando entro a ver a los
viejos, que están acostados, la vieja, siempre como «idishe mame», me
mira y la primera palabra de nuestro reencuentro fue esa pregunta que siempre
se hacen las madres: «¿Comiste?».
Y yo me pregunto cómo se
traduce en palabras un momento así. Mauricio, antes hablaste del libro como un
hijo y uno no elige entre sus hijos, pero… ¿Qué lugar ocupa «Las cartas
que no llegaron» en el mundo de tu obra?
Están en el patio jugando
todos juntos. Y aprovecho para contarte que me anunciaron que Random House va a
publicar una colección de mis publicaciones el año que viene.
Ya te voy pidiendo la
entrevista…
Muy bien, el título ya
está seleccionado.
O sea que sigue habiendo
mucho movimiento. ¿Cuándo va a estar «Memorias del calabozo», en
película?
Eso no sé, tuve una
comunicación con Álvaro, que está en Madrid, me dijo que estaba saliendo en ese
momento de una reunión en la que estaban trabajando en el guión.
Hace poco estuve en
contacto con Álvaro por el estreno de «Mr.Kaplan», y fue un gustazo.
Me alegré mucho con lo de la nominación al Oscar como mejor película
extranjera, representando a Uruguay. Por cuestión de tiempos ¿»Memorias
del calabozo» va a estar antes que «Las cartas que no llegaron»?
Ah, no tengo idea. Estas
cosas están en marcha.
Y ahora… ¿qué estás
escribiendo?
Un libro que se va a
titular: «La Segunda Muerte del Negro Varela».
Suena a película de
terror. ¿De qué se trata?
De la resurrección.
Por lo escueto de tu
respuesta, veo que muchos datos no me vas a adelantar.
Levántate y anda…
(realizada originalmente
para el Semanario Hebreo)